Articulos La tercera dimensión


Publicado en 2015-02-19



Cuando era niña, había en mi casa un pequeño gatito blanco, con manchas negras, juguetón y raudo, tal vez por imperativo de su ociosidad. Muchas veces yo preparaba un débil cordón al que sujetaba una bola de trapo u otro objeto cualquiera y el gatito se entretenía en correr tras él haciendo mil requiebros, moviendo sus patitas con suave elasticidad.

Tal vez soñaba que atrapaba feroces ratones, que para su desdicha no había en mi casa, conformándose con el burdo remedo de una pelota de trapo o papel, que, sin embargo, llenaba su alma de tierna ilusión.


No menos traviesa que el pequeño felino, quise comprobar el efecto que aquél experimentaría al verse a sí mismo en la brillante superficie de un espejo que descolgué y apoyé cuidadosamente en la pared. Siempre recordare la impresión que su contemplación produjo en el animal. Los pelos de su lomo se endurecieron y encresparon, arqueando en semicírculo su osamenta y sus ojos centellearon a la vez que sus patas retrocedieron trémulamente como sí intentara preparar un salto tremendo sobre el enemigo de enfrente; de sus pulmones brotó el ¡ fff! más indignado que gato alguno hubiera lanzado.


La escena se complicó bruscamente por el hecho de que el espejo reproducía una imagen que tenía idéntico aspecto y no menos feroz desafío. Poco a poco husmeando se fue acercando a su imagen reflejada y “ésta hizo lo mismo” Ambos se aproximaban y al levantar sus patas con las uñas enhiestas , las blancas pezuñas resbalaron con la lisa superficie e instintivamente el animal adivinó que algo raro pasaba y que debería buscar un camino diferente para enfrentarse con su antagonista. Cautamente pasó por la parte posterior del espejo, mirando de reojo lo que hacia su iracundo enemigo, hasta que sus hocicos se encontraron sobre el cristal con el susto correspondiente. Al fin, el gato pudo comprobar que detrás del cristal estaba la pared y entre ambos el vacío.


Aquel ejercicio lo realizó siete u ocho veces y después se puso a dormir tranquilamente, de espaldas a la brillante superficie del cristal y comenzó a ronronear mansamente. Había deducido que todo aquello había sido una pura ficción que por un instante obró el milagro de hacerle creer que había cesado su soledad.


Hoy sucede igual con muchos de nosotros al imponerse la razón al sentimiento. Muchas veces nuestros sueños e ideales quedan relegados tras el campo transparente e ilimitado del espejo de la fantasía al no captar la sensación de profundidad que las imágenes producen en la superficie en dos dimensiones, ancho y alto, pues la tercera dimensión no es perceptible. Esa profundidad que da a la
vida su concepto real.


Y al comprobar esto, mi razón se vuelve airadamente hacia mi sentimiento porque albergaba la idea de un mundo justo, equitativo, noble, y generoso que soñaba desde mi infancia mostrando una realidad donde se alterna lo cómico y lo dramático, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lealtad y engaño, infancia y madurez. ¿Importa esa tercera dimensión? Esta pregunta me la hago muchas veces viendo la indiferencia y la desilusión que existe entre los pueblos y las gentes del mundo y ante la cual no tengo más remedio que sacar mi lado entusiasta diciéndome que puede que también esto sea un sueño.